sábado, 23 de noviembre de 2013

En busca de la prudencia

 


Fue el último mensaje que le envié: “Te esperaré en el puerto hasta medianoche. Si vienes navegaremos juntos bajo bandera pirata; si no, cambiaré el barco por un acordeón”.

Y no vino... Y allí me quedé, sin barco y con un acordeón que no sabía tocar. Pesaba mucho, por cierto, y palpitaba como si tuviera corazón. Con el mío parado pensé que debía aprender a tocar algo para aparentar que estaba viva.

Intenté que sonara pero sólo conseguí arrancarle unos quejidos tan lastimeros que la tierra se abrió a mis pies y apareció un globo que fue ascendiendo. Tuve el tiempo justo de sentarme en un asiento que llevaba colgando antes de que subiera hasta las nubes.

Decidí disfrutar de mi paseo en columpio, con el viento soplándome en la cara, sin hacer caso de los buitres que pasaban a mi lado y se reían de mí. Y me dormí.

Al despertar me encontré sobre un árbol, enredada entre las ramas y unos salvajes me miraban sonriendo. ¿Dónde estaba? Me ayudaron a bajar y fueron tan amables que encendieron un fuego para que me calentara. Pero resultó que no eran atentos salvadores sino caníbales hambrientos. Lo comprendí cuando pusieron un caldero sobre la hoguera y me echaron dentro. Si no me hubieran maniatado les hubiera dado unos sopapos, pero sólo pude recriminarles su conducta, mientras se partían de risa.

Entre las lágrimas que me provocaba el humo del guiso pude ver que se acercaba alguien y que los salvajes le saludaban con mucho respeto. Por su vistoso atuendo comprendí que era el jefe de la tribu. “No estés tan seria”, me dijo. Y como seguía maniatada tampoco pude darle un tortazo a éste.

Me ayudó a salir del menú y le agradecí sus atenciones. “Es usted un caballero”, le dije y me desató. “Te sugiero prudencia…”, me aconsejó. Le di un beso y nos despedimos. Le regalé unos caramelos de limón que llevaba en el bolsillo y se quedó tan contento. Al irme rocé su mano sin querer y volví a sonreír, sin querer.

Y, cómo no, de repente desperté. Estaba aterida de frío, en el puerto, tras un enorme acordeón que apenas podía sostener. Recordé a mi héroe y me fui de allí, a buscarle donde fuera que estuviera, segura de que existía y me estaba esperando porque yo, experta en heladas nocturnas, tenía mucho calor que ofrecerle.

 Prudencia… ¿Sería una isla?

Quiero un barco, por si vienes,
un acordeón para latir,
un globo para escapar,
un columpio para crecer
y un héroe para soñar.




Pauline Croze - "T'es beau"

 

2 comentarios :

  1. Me ha encantado. Y me reído desde el principio con el fino sentido del humor con que has aderezado la mala suerte de la protagonista.
    De paso te doy las gracias por darme a conocer a Pauline, que no tenía el gusto. ¡Besos!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es lo único que nos queda hasta el final, el sentido del humor... De Pauline Croze es más conocida su canción "De la joie", que tal vez sí que la hayas oído.
      Abracicos.

      Eliminar