martes, 10 de diciembre de 2013

Dignidad sin valor de mercado




El ruido le recordó que no era un día más, pero se levantó y repitió todas sus rutinas diarias. A las 7’20, como  todos los días, abrió la puerta para salir de casa e ir a trabajar. Salir… Un abismo se abría a sus pies.
Las máquinas habían demolido ya la mitad derecha del edificio. Sólo seguían en pie los pisos del lado izquierdo. No había contado a nadie sus intenciones y se había quedado en su casa, a pesar de la orden de desalojo. Atrás habían quedado los meses de lucha, de oposición a la expropiación forzosa para derribar el hogar de las cuarenta familias del bloque.
Pero ella decidió quedarse. No aceptó el justiprecio, maldita palabra infame y mentirosa. No había precio posible que pudiera compensar la expropiación del refugio de sus recuerdos, el lugar donde habían nacido sus ilusiones y sus sueños, los que habían volado para no volver y los que la saludaban en cada rincón de la casa que con tanto esfuerzo había construido entre las ramas del árbol de su vida. Y todo para ensanchar la acera de la calle. Despreció la miserable indemnización y remitió su rechazo al ayuntamiento.
Miró atrás para despedirse de su hogar, cerró los ojos y salió de casa.




Celtas Cortos - "Retales de una vida"