viernes, 21 de febrero de 2014

Querido maestro




Hacía muchos años que había perdido el contacto con don Emilio y contemplarle allí, desnudo en la azotea y lanzando proclamas a favor de la república, heló mi corazón.

Había sido mi maestro durante varios cursos de primaria y nos enseñó, antes que geografía e historia, su especialidad, a reflexionar sobre el valor del ser humano. Sólo seréis personas felices, nos decía, siguiendo los principios de la ética y de la solidaridad. Y pasamos muchas horas de clase debatiendo sobre la sociedad que nos rodeaba.

Sus métodos didácticos le crearon muchos problemas con la dirección del colegio, que pese a ser público, recelaba de un expresidiario recién salido de la cárcel gracias al indulto concedido a los presos políticos tras la muerte de Franco.

Para nosotros era un héroe y, sin entender muy bien qué significaba ser “comunista”, nos lo imaginábamos luchando en una clandestinidad de espías y metralletas. Con los años descubrimos quién había sido en realidad, nos empapamos de sus libros y la admiración infantil se transformó en veneración.

Su jubilación fue un acontecimiento fabuloso. El colegio quiso organizarle un sencillo homenaje pero fue tanta la gente que confirmó su asistencia que tuvo que celebrarse en el polideportivo más grande de la ciudad. Políticos de todos los colores, camaradas de partido, cantautores, intelectuales, todos quisieron acompañarle en la fiesta organizada por sus alumnos. No faltamos ni uno y los que ya eran padres de familia acudieron orgullosos con sus hijos.

Don Emilio, emocionado y abrumado por las muestras de cariño, sólo atinaba a decir que no había sido más que un maestro de barrio. Y, al entregarle el regalo que tanto nos había costado conseguir, se derrumbó. Sus lágrimas inundaron el cristal que enmarcaba la fotografía de la fachada del colegio con su nuevo nombre, el suyo.

Aunque no había vuelto a verle había seguido estando muy presente en mi pensamiento. No en vano él había forjado mi vocación y el compromiso social que me había llevado a querer ser bombero.

Y esa noche, al acudir al aviso de que había que desalojar a un loco que se había encerrado en la azotea de su casa y reconocerle, fui yo el que se derrumbó.

Mi querido maestro había terminado convertido en una víctima más de los injustos recortes sociales provocados por la crisis económica. Tenía que subsistir con una exigua pensión, sin ayudas, cada vez más enfermo a causa de la mala alimentación y del frío, al no poder permitirse encender la calefacción en invierno.

“El abuelo no se toma las pastillas desde que las tiene que pagar, pero está más distraído gracias a las voces de su cabeza…” me contó una vecina. En su senil demencia creía estar luchando contra el régimen franquista y organizaba en su cabeza mítines que lanzaba al vecindario con pasión juvenil.

Subí al tejado, le abrigué con mi chaquetón reglamentario y me lo llevé de allí. A mi casa, conmigo, donde, hace unos días, murió en paz. 



Celtas Cortos - "La senda del tiempo"

Gracias a los amigos de @Micro_Ficcion por publicarlo: http://microficcionblog.wordpress.com/2014/02/02/querido-maestro/

viernes, 14 de febrero de 2014

La casa de mis sueños




Pasé todo el año recogiendo piezas para construir mi casa. Me costó mucho tiempo cortarlas y prepararlas para que encajaran unas con otras y formaran paredes perfectas. La cubrí con tejas viejas, a prueba de aguaceros y vendavales, y le puse ventanas grandes para poder ver el infinito desde cualquier rincón.
Muebles, lámparas, cortinas, alfombras, todo quedó en su sitio. Busqué marcos de todos los tamaños para poner en ellos nuestras fotos: sonrientes, abrazados, cogidos de la mano, paseando, con mi cabeza sobre tu hombro…
Aunque era la casa de mis sueños no fui capaz de calentarla y el frío se instaló en ella como dueño y señor de todas las habitaciones.   
Y lo comprendí. No tenía que haber construido sin licencia de obras sobre mi corazón, donde, desde tu marcha, siempre es invierno.



Coque Malla - "Berlín"

viernes, 7 de febrero de 2014

Bateadora


Publicado en http://www.cincuentapalabras.com/2014/01/bateadora.html


Dedicado a Ángel,
por creer en este relato.

Aunque la cuesta era muy empinada, subió cantando con el bate de béisbol al hombro. Cuando llegó a la cima se asomó al abismo, hizo una bola con su recuerdo y bateó muy lejos. Se fue silbando y no oyó el lamento del eco, que no comprendió qué había pasado.




Rozalén - "80 veces"