sábado, 27 de diciembre de 2014

Bendita comunidad



   Me gusta mi comunidad y, en fechas como éstas, con el patio adornado y las puertas cargadas de ángeles, papá noeles y estrellas, siento la entrañable cercanía  de mis vecinos.
Pero el día de Nochebuena me sorprendió encontrar una preciosa corona de muérdago con la frase “Feliz Navidad” justo en la puerta de enfrente. Hacía mucho tiempo que no veía al huraño Pascual y no era su estilo desearnos felicidad. Sabía que estaba bien por sus continuas quejas, que podía escuchar a través de la pared, sobre el volumen de la televisión del abuelo del tercero, los lloros del bebé del quinto, las risas de las gemelas del segundo… Todo parecía molestarle y apenas salía de su casa desde la repentina muerte de su mujer.
Me acerqué a contemplar el adorno y la puerta se abrió unos centímetros. “Hola” —exclamé, pero nadie respondió. La empujé y miré. Oscuridad y un extraño olor dulzón. No se oía nada. “¿Pascual?” —grité. Silencio sepulcral.
Entré y la puerta se cerró de golpe. Cuando me recobré del susto palpé la pared en busca del interruptor de la luz. Lo pulsé pero no ocurrió nada. Avancé hasta donde calculé que debía estar la puerta de la cocina. Sí, allí estaba, cerrada e imposible de abrir. Segura de que los latidos de mi corazón tenían que oírse por todo el piso, seguí adelante, conteniendo la respiración para que ningún otro sonido delatara mi presencia.
Fui probando todas las puertas que hallé, con el mismo resultado, todas cerradas con llave. Llegué al final del pasillo, donde sabía que se encontraba el salón. Esta vez pude entrar en la habitación. Allí el olor era más penetrante y, aunque me era familiar, no conseguí identificarlo. Me asustó un débil gimoteo y di la vuelta para marcharme, pero la puerta se había cerrado y no cedió a mis sacudidas. El pánico me trastornó y la emprendí a golpes con ella, llamando a Pascual para que me dejara salir.
Una luz muy tenue se encendió a mi espalda y me volví. En un instante reconocí que el olor era el mismo que el de la casa de mi abuela cuando íbamos cada año por la matanza del cerdo y el grito que salió de mi garganta se perdió entre las notas del villancico que empezó a sonar a un volumen ensordecedor. La habitación simulaba ser un portal de Belén. Las gemelas del segundo colgaban del techo, como angelitos anunciando la buena nueva. El bebé del quinto, amordazado con su propia lengua, hipaba encima del pesebre y el vecino del tercero, vestido como San José, me miraba con las cuencas de los ojos vacías.
Faltaba la Virgen María. Fue lo último que pensé antes de sentir el golpe en la nuca y de escuchar la voz de Pascual deseándome feliz Navidad.


Bing Crosby & Martha Mears - "White Christmas"

jueves, 18 de diciembre de 2014

Un nuevo invierno

Fotografía de Alberto Abizanda

Hace frío en Acín. El silencio amplifica el sonido de mis pasos y el cielo estrellado de la noche más larga del año ilumina las piedras de la casa de mis abuelos. Las sombras de los fantasmas que me han seguido me vigilan y susurran palabras que quiero olvidar.
Entran conmigo en el hogar donde hace mucho tiempo reinó la felicidad que he venido a invocar. Las plantas han invadido el suelo de madera y grandes telarañas cubren las enredaderas que llegan hasta los boquetes del techo. Reconozco el aparador de la abuela, donde exhibía la vajilla buena y guardaba los manteles que olían a manzanas y membrillos. Saco un cajón desvencijado y lo coloco en la chimenea, sobre un montón de ramas. Vacío el contenido de mi mochila dentro de él: el diario en el que, después de un año, hoy he escrito la palabra fin, los informes médicos, la carta de despido…
Prendo la leña y el resplandor de la hoguera invita a las sombras a asomarse a la chimenea. Aprovecho su distracción y las empujo dentro del cajón. Sus risas me recuerdan las nuestras cuando el abuelo sacaba la tronca del día de Navidad y, moliéndola a palos, la dejábamos exhausta de los regalos que había escondido en ella para nosotros. Pegad fuerte, nos decía, y espantaréis a los fantasmas del año que se acaba. Recojo un palo del suelo y la emprendo con el cajón, que se deshace entre las llamas.
Salgo al frío de la noche y él está ahí, esperándome. ¿Cómo me has encontrado? —le pregunto. Se acerca a mí, me quita el pañuelo de la cabeza, me la cubre de ramas de muérdago y su beso me abriga del frío que ya no hace en Acín.



Evanescence - "Good enough" 

Relato finalista en el I Concurso de Microrrelatos del Diván del Escritor (Tema: solsticio de invierno)

jueves, 11 de diciembre de 2014

Cincuenta y pico palabras

http://www.cincuentapalabras.com/p/libro.html


¿Conocéis a algún ilusionista? Yo sí, a una persona capaz de transmitir su pasión y contagiar a una panda de soñadores para involucrarse en un hermoso proyecto: escribir cuentos de cincuenta palabras. Ni una más ni una menos.

Y como espadachines nos batimos cada mes en busca del relato perfecto.

¿Qué cómo se llama ese mago encantador? Alejandro Garaizar. Si os encontráis con él, ¡cuidado! Os invadirá una fiebre contra la que no hay remedio conocido y no podréis dejar de contar palabras en todo lo que escribáis.

Hace poco publicó en su web www.cincuentapalabras.com el relato número 1.000. Para celebrarlo ha recopilado 200 relatos en un libro en el que puedes encontrar textos de los mosqueteros de su guardia personal. Son cuentos de todos los estilos que no te dejarán indiferente, te lo aseguro.

En él puedes descubrir cinco de mis relatos junto con los de un buen puñado de amigos entrañables. ¡Gracias, Álex!

Pincha en la imagen y podrás leer y descargar el libro “Cincuenta y pico palabras”.



Enrique Bunbury - "Prisioneros"

jueves, 4 de diciembre de 2014

Billete de vuelta


Las campanadas del año nuevo me hacen llorar. Nunca superaré el recuerdo del sonido de la campana que nos llamaba en el silencio helado de aquella noche…  
Así que voy a esconderme en la terraza mientras los demás brindan con champán y despiden este maravilloso 1915, el mejor año de mi vida.
 ***
—Perdón, creía que no había nadie.
—Buenas noches. No se vaya, señorita, aquí hay sitio para dos melancólicos.
—¿Inglés?
—¿No me recuerda? Yo no he podido olvidarla.
—¿Nos conocemos?
—Me salvó la vida hace tres años, pero entonces no era actriz ni se llamaba Mary. Era una encantadora taquillera del puerto de Southampton.
—¡El chico triste que me devolvió el pasaje!
—Sí, no podía irme dejando a mi madre en el estado en que se encontraba. Esperé y tomé otro barco unos meses después. He pensado mucho en usted durante todo este tiempo y no esperaba reconocerla aquí, convertida en una estrella de cine.
—Subí al Titanic con su billete y sobreviví. Acepté el pasaje de vuelta que me ofrecía el destino, cambié de nombre, inventé una biografía más interesante y aquí estoy, ¿señor…?
—Soy Charlie, Charlie Chaplin. Feliz año nuevo, señorita Pickford.

Este relato es continuación de "Billete de ida"





Katie Melua - "Mary Pickford"