jueves, 29 de enero de 2015

Cuestión de táctica



He estudiado a Julio César para desentrañar el arte de la guerra, de Napoleón he aprendido la importancia de la estrategia y me siento preparada para dominar el campo de batalla. Desde la profundidad de la garganta ascenderé desplegando mis armas para conquistar por sorpresa la fortaleza de tus labios.




Texas - "Say what you want"

 

Publicado en cincuentapalabras.com

jueves, 22 de enero de 2015

Libertad incondicional



Me gustaría conocer a la tía Manuela. Mamá dice que es muy buena pero nunca ha venido a casa, ni siquiera en Navidad. 
Me huele raro y hoy le he preguntado si está en la cárcel. Me ha contestado que no, que es la persona más libre que conoce y el abuelo se ha enfadado mucho al oírlo. Ha empezado a gritar y la abuela se ha ido llorando a su dormitorio. 
La he seguido y he visto que cogía una foto del cajón de su mesilla. La ha besado y me la ha enseñado. Un chico que se parece mucho a mamá sonreía triste. Le he preguntado que dónde está y me ha dicho que muy lejos, volando en un lugar en el que no tiene miedo. ¿De qué? —he querido saber. De los demonios que no dejan a las personas ser libres para ser como ellos quieren ser —me ha respondido. 

Le he dado la vuelta y he leído “Manuel”. Y entonces lo he entendido: la foto es de un ángel, la tía Manuela.
 
The Lighthouse Family - "I wish I knew how it would feel to be free / One"

jueves, 15 de enero de 2015

La asesina



Había visto de todo en mil batallas. Pero se quedó atónito al contemplar un hada diminuta durmiendo sobre el pomo de su espada. Era imposible, y sin embargo, ya no resultaba posible negarlo. Era un hada.
Era tan pequeña, tan bella, tan frágil que, temiendo romperla, sopló suavemente sobre su cara y la despertó. Ella abrió los ojos. Unos ojos azules como el brillo del acero recién bruñido que le golpearon la coraza y le transportaron, durante unos segundos, a la herrería en la que pasaba las tardes de pequeño, soñando con las espadas que el herrero forjaba para la guardia del rey. Y sonrió.
Mientras seguía contemplando al hada fascinado, ella bostezó, estiró los brazos y extendió sus alas transparentes, que vibraron con un zumbido musical.
Miró desorientada a su alrededor, se levantó enfadada, sosteniéndole la mirada, y resbaló. Cayó de cabeza pero él reaccionó a tiempo y la alcanzó al vuelo con su mano enguantada.
Ella carraspeó muy digna, se arregló el vestido y le dio los buenos días con la voz más dulce que había escuchado jamás. La dejó delicadamente sobre la hierba y se sentó a su lado. La saludó educadamente y se presentó, esperando que ella hiciera lo mismo.
–Sé quién es y he venido a matarle, señor –le dijo por toda presentación.
Desprevenido, rió con carcajadas sonoras y rotundas que a ella no le causaron ninguna impresión. Se acercó a él y voló hasta su rodilla, donde se posó altanera, con los brazos cruzados.
–No parece sorprendido –le espetó despectivamente.
–No llevo la contabilidad de mis atrocidades, pero seguro que tienes una buena razón –le contestó divertido.
Había perdido la cuenta de las batallas en las que había participado desde el día en que, orgulloso, había hecho el juramento de servir al rey, como único señor al que guardar. Fue el último día de su vida que se había permitido un sentimiento de emoción al ver cómo corrían las lágrimas por el rostro de su madre al despedirle. Recordó sus últimas palabras: “No hagas nunca nada de lo que puedas avergonzarte”.
Jamás había calculado cuántos podían ser los que habían caído bajo el filo de su acero, pero tenían que ser centenares. Sabía que los juglares cantaban sus proezas por las ferias y que la leyenda de su ferocidad le precedía, por lo que, al paso de su ejército, sólo encontraban aldeanos asustados a los que podían saquear de camino a la siguiente contienda. Eso había inflado los sacos de su fortuna y de su vanidad y, aunque sabía que los jóvenes caballeros aspiraban a su puesto de mando y presionaban para que el rey le otorgara ya el retiro, esperaba seguir en activo todavía durante muchos años más.
Dejó sus cavilaciones cuando ella tosió para reclamar su atención y le preguntó al hada con verdadera curiosidad cuál era el crimen que le hacía merecedor de su castigo.
–Quemó mi bosque y no quedó ni una brizna de vida entre sus cenizas. Ningún mal le habíamos infligido, señor, pero lo arrasó sin compasión, sin escuchar los llantos y súplicas de los mayores ni de los niños indefensos. Los mató a todos, atacando de noche, sabiendo que no éramos guerreros y que no manteníamos vigilancia, pues ningún mal esperábamos. E incendió las casas, los campos y el bosque que para nosotros era sagrado.
–He arrasado tantos villorrios que no recuerdo cuál pudo ser el tuyo. ¿Era diferente en algo?
–Mi pueblo, señor, era mágico. Vivíamos prestando nuestra sabiduría para curar las enfermedades de nuestros vecinos, las del cuerpo y las del alma, con nuestras pócimas y encantamientos. Todos nos querían y respetaban.
–Pero a ti no te maté.
–Había salido a visitar a una anciana de un poblado alejado que llevaba días consumiéndose por las fiebres. Cuando volví sólo encontré las cenizas de lo que había sido mi hogar. Y en ellas encontré las huellas y los rastros que me han guiado hasta el sádico asesino que va a pagar por su crimen.
Él recordó la visión de un círculo de casitas en el claro de un bosque. Y que les había costado muy poco tiempo dejarlo reducido a escombros ante la sorpresa de sus pequeños y dormidos habitantes. 
–La venganza es un motivo justo –le dijo con respeto– pero debo hacerte una crítica. No deberías haberme avisado, ahora estoy prevenido e iré siempre un paso por delante de ti.
Ella saltó y voló de nuevo hacia el pomo de su espada.
–Quería darle la oportunidad de arrepentirse y pedir perdón –le explicó mirándole fijamente a los ojos.
–Te pido perdón, pero no puedo arrepentirme. La magia era un riesgo para mi reino y recibí la orden de exterminarla. Sin contemplaciones.
La cogió con delicadeza y la apretó dentro de su manaza mientras volvía a recordar las palabras de su madre. Una lágrima resbaló por su rostro hasta quedar enterrada en la barba que escondía las arrugas de su alma, en la que algo acababa de quedar muerto para siempre.