jueves, 23 de julio de 2015

El precio de la traición




Desde que su mujer nos sorprendió juntos en la cama no he vuelto a verle. Echo de menos el suave tacto de sus manos y el brillo de sus ojos. Me pregunto cómo le habrá castigado. Yo, encerrado a oscuras, añoro contarle los secretos que ella oculta entre mis páginas.


OneRepublic - "Secrets"

  Escrito para cincuentapalabras.com



jueves, 16 de julio de 2015

Sueños cumplidos

Enzzo Barrena - "Resemble"

Jamás olvidaré su rostro. 
Encontraron el cuerpo cerca del río, entre la maleza que crece junto al puente de la autopista. La tierra no había llegado a absorber toda la sangre y yacía boca abajo sobre un gran charco rojo. Tras la llegada de la jueza de guardia le dieron la vuelta y su sonrisa nos impresionó a todos. Le habían cosido a puñaladas, pero su cuerpo sin vida exhalaba felicidad.
Cerca del cadáver tropecé con una cartera que sólo contenía un DNI con la cara del muerto. Gregorio García, ingeniero de profesión y domiciliado en Orense. ¿Por qué te han matado tan lejos de casa, Gregorio? —le pregunté y él pareció responderme con su enigmática sonrisa.  
Resultó ser un habitual de la zona; hacía meses que deambulaba con algunos mendigos. Así supe que vivía en una tubería en desuso. Allí, donde Ramón —me dijeron.
El tal Ramón era un pobre diablo con la cabeza completamente trastornada. La tubería era suya y había invitado a Gregorio a vivir con él. Se habían hecho amigos y me contó una historia delirante.
Me lo llevé a la comisaría y, a base de cafés y cigarrillos, pude ir sacándole algo más concreto. Según él, Gregorio le había pedido que le matara por sorpresa, cuando no estuviera prevenido. A cambio, él le iba entregando dinero cada semana. Ramón estaba ahorrando para irse a Canadá, gran país, donde el gobierno daba casas a los pobres y un sueldo para que vivieran sin molestar. Pero necesitaba más y por eso no le había matado aún.
—Pero anoche le mataste por fin —le contradije y le enseñé una foto del cadáver.
Sus gritos desgarrados al contemplar el cuerpo de su amigo le sumieron en una desesperación tan intensa que hubo que sedarle. Mientras llegó la información que había pedido a los colegas de Orense. Viudo y sin hijos había dejado allí un piso y una cuenta corriente en la que se iba acumulando el ingreso mensual de su pensión de jubilación. Todos los viernes sacaba algo de dinero, siempre en el mismo cajero automático de nuestra ciudad. Habían localizado a una hermana que contó que hacía meses que se había ido de viaje y que la llamaba de vez en cuando para asegurarle que estaba bien.
Entonces apareció Loli, la croupier del casino. Había reconocido a Gregorio en la foto del periódico. Cada viernes acudía a jugar a la ruleta y siempre ganaba. No eran grandes cantidades, pero le esperaban cada semana con expectación.
—Lo más extraño —dijo— es que la noche que le mataron había perdido.
¿Habría provocado eso la ira de Ramón? A pesar de su locura, parecía tan inofensivo que decidí centrarme en la nueva pista que ofrecía el casino.
Fue fácil. Había corrido la leyenda sobre sus ganancias semanales y aquel viernes le esperaba un yonqui. Cuando llegó al descampado le asaltó y, al comprobar que no llevaba nada encima, se ensañó con él. La primera de las quince puñaladas le partió el corazón, pero siguió asestándoselas mientras él moría feliz.
¿Por qué? La respuesta me la dio el forense unos días después. No podía quedarle más de un mes de vida. Un tumor aprisionaba su cerebro y sólo le esperaban más dolor y alucinaciones de las que ya debía sufrir.
Me ocupé de que Ramón fuera ingresado en una buena institución mental. Se lo había ganado; a pesar de su extravío había tenido la cabeza centrada para esconder bien el dinero y, excepto algunos billetes comidos por las ratas, he podido aprovecharlo para darle la razón: Canadá es un país extraordinario.



Alain Bashung - "Les grands voyageurs"