jueves, 22 de octubre de 2015

El Callejón del Silencio (II)


Al día siguiente, al salir de clase, fui al callejón. Allí estaba el viejo acordeonista, tocando la misma canción. Me acerqué sin hacer ruido, dejé el estuche en el suelo, saqué el violín y me uní a él. Cuando acabamos sonrió mirando al vacío.

    —Hueles a violetas —me dijo.
Me pidió que esperara y entró en la casa, que parecía abandonada. Al cabo de un momento salió y me entregó un cuaderno de partituras. Estúdialas —me ordenó— y vuelve mañana.
Al salir a la avenida la luz del sol hirió mis ojos. Llegué a casa llorando y tuve que dejar una habitación casi a oscuras para recuperarme. Estudié las notas del cuaderno y ensayé toda la tarde y parte de la noche, hasta que caí rendida.
Pasé la mañana encerrada, luchando contra el brillo del sol que se filtraba por los visillos atormentándome los ojos. Por la tarde me puse unas gafas oscuras y corrí a mi cita con el músico.
La dependienta de la floristería, una mujer mayor, estaba regando las plantas expuestas en la acera. Me acerqué y le pregunté por la casa del callejón.
Me contó que había pertenecido a un músico muy importante, uno de los mejores directores de orquesta de su época. Pero una enfermedad repentina le dejó ciego y cayó en una profunda depresión. Su mujer le abandonó y, pasado un tiempo, él desapareció. 
Desde entonces la casa estaba cerrada.
—¡Pero yo le he visto! —protesté. Toca el acordeón todas las tardes ante la puerta, ha tenido que escucharle.
—Yo sólo te he oído a ti —me dijo sonriendo. Y siguió regando sus flores.
La luz me molestaba cada vez más y me refugié en las sombras que me esperaban.
—Buenas tardes, Violeta. Toca para mí.
Saqué el violín y toqué. Toqué como no sabía que podía hacerlo, dejando que mis dedos dibujaran las notas y que el arco las acariciara sobre las cuerdas, estremeciéndolas con el temblor de los amantes que se recorren la piel por primera vez.
—Estás preparada. Descansa; mañana será tu gran noche.
A pesar de las gafas de sol, los ojos me ardieron al sentir el resplandor de la luz que quedaba en la calle. En cuanto llegué a casa bajé las persianas y corrí todas las cortinas hasta dejar las habitaciones completamente a oscuras.
Apenas pude dormir, preguntándome qué habría querido decir el anciano sobre lo de la gran noche.
Continuará

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