jueves, 12 de noviembre de 2015

La palabra del cronista

Karl Gussow - "El sonido del mar"

Finjo ser un fantasma. Eso me permite deambular por todas las estancias sin que nadie repare en mí. Les veo entrar y salir con caras sombrías, escucho sus conversaciones entrecortadas y espío los temores que invaden sus sueños.
Así he sabido que se avecina una guerra, que los hombres quieren vengar a la princesa. Limpian las armas, planean emboscadas, prometen recompensas… Mientras, las mujeres llenan la despensa, preparan el ajuar de los soldados, lloran y rezan por el alma de la niña muerta.
La sala de juegos está cerrada. Sólo yo arropo a las muñecas en sus camitas y les canto para que no tengan miedo de la caracola que les susurra desde el alféizar de la ventana, donde ella la dejó.
Ella… Era tan hermosa como el trino del ruiseñor, su pelo tenía el brillo del sol y su piel de nácar hacía palidecer de envidia a la luna. Aunque aún era muy joven, la pretendían los príncipes de los cuatros reinos y ella se reía de todos, sin hacerles caso, porque quería ser navegante.
Pasaba las horas estudiando mapas y cartas marinas, soñando con los lugares que recorrería y las aventuras que le esperaban. Su padre, el rey, enternecido por el carácter intrépido de su hija, quiso regalarle el murmullo del mar para que acunara sus sueños y mandó buscar una caracola. No fue fácil encontrar una tan lejos de la costa; el príncipe del Reino Perdido descubrió una en un desván olvidado de su castillo y se la envió.
Se convirtió en su tesoro más preciado. Pasaba tanto tiempo escuchándola que, sin darse cuenta, aprendió el lenguaje secreto de las olas. Pero no eran las del mar, como creían todos, sino las del tiempo, que aprisionaban al temible señor de un reino prohibido y enterrado hacía cientos de años.
Él le prometió que le mostraría las maravillas de su tierra sepultada y ella se dejó seducir por su voz de terciopelo. Preparó en secreto su viaje y una noche sin luna abrió la ventana, subió al alféizar y se lanzó hacia los brazos de un viento que se ofreció a guiarla a través de las rendijas del tiempo.
A la mañana siguiente encontraron su cuerpo inerte flotando sobre las aguas del foso. Nadie sabe la verdad y echan la culpa al Reino Perdido por haber enviado el objeto maldito que la trastornó.
Yo la amaba, como todos. Nunca supe si me quería, aunque me enseñó a escribir y eso tiene que significar algo. Me prometió que me llevaría en todos sus viajes y me pidió que fuera el cronista de sus aventuras. Le aseguré que la acompañaría hasta el fin del mundo y que daría por ella hasta mi última palabra.
Lo único que puedo contar es que aquella noche salté tras ella, que el viento que se la llevaba me empujó y que se me escurrió entre los dedos. Dicen que de ese viaje no se regresa, pero yo dedico todas mis horas a escuchar los murmullos de la caracola, atento a cualquier señal, preparado para abrir la ventana en cuanto ella decida volver.
Sólo entonces terminaré esta crónica y podré escribir mi última palabra, la que llevo guardando para ella toda la eternidad: juntos.



Zaz - "Belle" 

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Escrito para la Revista Scribere 

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