jueves, 8 de diciembre de 2016

La mujer del cuaderno

Dibujo de Casey Baugh



Cuando el abuelo se jubiló, se retiró a Los Almendros y juró que nunca saldría de la finca, pues nada debía ya al mundo exterior. Allí tenía todo lo necesario para pasar lo que le quedara de vida dedicado a sus aficiones: el dibujo y la floricultura.
Los años de reclusión no hicieron mella en su ánimo, a pesar de vivir solo casi todo el año. Toleraba la presencia de Elvira, una mujer del pueblo que un día a la semana acudía a hacer la limpieza de la casa, como un mal necesario para mantener la independencia de su paraíso, constantemente amenazado por su hija, nuestra madre, que había prometido encerrarlo en una residencia a la menor señal de abandono de las normas del orden y la higiene.
A nosotros nos gustaba pasar con él parte de las vacaciones estivales. Asaltábamos Los Almendros y, bajo su escasa vigilancia, disfrutábamos de una libertad impensable en la ciudad. A las correrías con los chicos del pueblo sumábamos sus lecciones de dibujo. Sólo yo había heredado su habilidad para el retrato y pasaba las tardes con él perfeccionando mi técnica.
Un día descubrí en su estudio un montón de cuadernos repletos de apuntes de un rostro de mujer. Le pregunté quién era y, tras cerrar la puerta del armario con llave, me dijo que sólo era un fantasma. No volvimos a mencionarla y pasamos la tarde dibujando orquídeas, su gran pasión.
Ni las actividades ni el carácter de mi abuelo podían describirse como los de un héroe. Tal vez, por eso, el suceso extraordinario que cambió nuestras vidas no obtuvo el reconocimiento que merecía y sólo provocó incomprensión.
Hacía unos días que habíamos vuelto a la ciudad y él había recuperado la tranquilidad de sus costumbres de ermitaño, que incluían deambular por toda la finca en pijama y no pisar la bañera hasta que la visita semanal de Elvira le obligaba.
Aquella noche encendió la televisión a la hora del noticiario y ante sus ojos apareció el rostro que había dibujado tantas veces. Contempló por primera vez sus arrugas, las canas, la expresión sombría, pero no tuvo ninguna duda, era ella. Prestó atención y escuchó que iba a pasar la noche en los calabozos de la comisaría hasta que, por la mañana, la trasladaran a la cárcel provincial.
Hizo un ramo con sus mejores orquídeas y, tal como iba, sacó del cobertizo el ciclomotor que mi padre había regalado a mi hermano aquel verano por haber terminado el bachillerato. Una ráfaga de lucidez le hizo imaginar el escándalo que iba a organizar mi madre cuando se enterara de su salida nocturna y, en aras de la seguridad, se colocó el casco que me había tocado en una rifa del pueblo.
Y así fue como, a lomos de una motocicleta, en pijama y con un casco de vikingo en la cabeza, mi abuelo rompió su juramento y, tras quince años de encierro, salió de Los Almendros. 
Condujo toda la noche y llegó frente a la sede de la policía justo cuando aquella mujer estaba siendo escoltada a un furgón blindado. Corrió hacia ella, le entregó el ramo de flores, extendió la mano y ella se la aceptó. Corrieron juntos, ante la estupefacción de los agentes, y escaparon en el ciclomotor.
Mi madre fue la que avisó a las fuerzas del orden, que se personaron en la finca para llevarse a la prófuga.
No hemos vuelto a Los Almendros. Después de que recluyeran al abuelo en la residencia, cerraron la casa. Pero sé que, de algún modo, sigue cuidando de sus flores porque siempre tiene un ramo de orquídeas frescas sobre la mesilla, junto al cuaderno en el que sigue dibujando a esa mujer que dicen que se parece tanto a mí.




Willie Nelson - "Georgia on my mind"

4 comentarios :

  1. Patricia, qué bonita historia, me encanta ese abuelo intrépido que es capaz de hacer una locura por amor.
    Precioso!!!
    Besos apretados.

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    1. ¡Gracias, Pilar! Los abuelos, a veces, guardan secretos apasionantes.
      Abracicos.

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  2. Patricia una bellísima historia de amor, un amor de toda la vida, que empezó no sabemos cuando y que continua pese a la reclusión del abuelo en la residencia. Un amor que lleva al abuelo a hacer una locura a sabiendas de sus consecuencias.
    Merece una fotografía ese abuelo en la motocicleta, en pijama y con el casco de vikingo, es genial.
    Ahora solo quiero saber más de esa misteriosa mujer del cuaderno, ¿habrá más...?
    Besos con sabor a castañas.

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    1. Pues has de saber que la foto existe. Es de Alberto Chimal, que la publicó en su blog Las Historias y escribí para él este relato. Me animó a que lo continuara, pero llevo mucho tiempo dando vueltas al argumento y creo que la historia debe terminar así, con el misterio no resuelto sobre la mujer y la incertidumbre sobre el parecido con la nieta.
      El blog de Chimal es muy interesante y plantea retos para escribir a partir de sus fotos. Os lo recomiendo.
      Muchas gracias y abrazote castañeros.

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