jueves, 20 de abril de 2017

Escribiéndote

Fotografía de Fred Hartsook
 

La elección del lapicero es importante. La mina blanda escribe tiernas historias de amor y la dura, relatos de intrigas y pasiones. Aunque te imaginé a pleno sol, me equivoqué de sacapuntas y te reescribí bajo el carbón, donde el exilio tañe armónicas de cristal y la oscuridad domestica recuerdos.



Suzanne Vega - "Caramel"
http://www.cincuentapalabras.com/2016/12/sanitarium.html

Escrito para cincuentapalabras.com

miércoles, 12 de abril de 2017

Una gran historia



Con estas líneas sigo el reto iniciado por Marifa en su blog y continúo la historia, invitada por mi amigo Luis J. Goróstegui. En su BLOG podéis leer todos los textos precedentes.


Por suerte, ser un escritor de éxito me abría muchas puertas. Hice algunas llamadas y, a media tarde, un mensajero me trajo la invitación para asistir a la subasta que iba a celebrarse esa misma noche en las instalaciones de Moonlight. Esperaban recaudar fondos suficientes para proseguir con sus investigaciones sacando a la venta algunos de los autómatas que les habían hecho célebres.

Llegué con tiempo suficiente para pasear entre los invitados antes de que comenzaran las pujas. Mientras daba vueltas por el hall me dediqué a observar a las invitadas. Ninguna llamó mi atención, hasta que sentí unos golpecitos en mi espalda.   



Por mi parte, reto a Javier Puchades para que siga con la historia. ¡Ánimo, Javier!
 

jueves, 6 de abril de 2017

Pase sin llamar


El papel pegado en el enrejado llamó mi atención. Todos los días pasaba junto al edificio, camino de la casa de mi maestro, y era la primera vez que lo veía. Sus grandes letras negras conminaban a cumplir la orden escrita de una forma casi hipnótica y me paré, incrédulo, ante el portón.
Me sorprendió que nadie más compartiera mi curiosidad, teniendo en cuenta el gentío que se estaba congregando en la acera. Empujé la puerta, pero, obviamente, no se abrió pues la cadena que desde hacía años sujetaba las dos hojas de hierro forjado seguía en su lugar.
El sonido estridente de una sirena que se acercaba rompió el hechizo. Me volví y contemplé cómo los sanitarios recién salidos de una ambulancia intentaban reanimar a un joven tendido en la calzada. «¡No le vi! ¡Se me echó encima y no pude frenar!», lloraba un anciano que también estaba siendo atendido.
Sentí lástima por aquel muchacho de pelo largo que, cuando salió de su casa aquella mañana, no sabía que no iba a volver a ella. Me fijé en un cartapacio abierto a su lado del que salían partituras arrastradas por el viento y recogí algunas. «No hay nada que hacer», certificó un médico mientras le cerraba suavemente los ojos.
Volví a la puerta, empujé y esta vez se abrió de par en par. Avancé por el hall oscuro y un acomodador salió a mi encuentro. «Por aquí, señor», me indicó guiándome por un pasillo hasta una cortina de terciopelo. Tras ella, en medio de un escenario iluminado, me esperaba un Steinway, el piano de cola con el que soñaba interpretar mis composiciones algún día. El patio de butacas estaba lleno y sonreí al descubrir en la primera fila a mis cuatro abuelos, a los que tanto había echado de menos.
Coloqué las partituras en el piano, me senté y toqué. 


José Craem - "Dejarte ir"